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domingo, 27 de enero de 2008

Chávez contra Uribe en el hemisferio

CARLOS ALBERTO MONTANER. El Nuevo Herald

Después de todo, tal vez el rey Juan Carlos no tenía razón. A Chávez no hay que callarlo, sino dejarlo hablar. El es su peor enemigo. El gobierno colombiano no tiene que defenderse de los ataques de Hugo Chávez. Lo que debe hacer es divulgarlos. El espectáculo de ese pintoresco personaje vestido de rojo profiriendo los peores insultos contra el presidente Alvaro Uribe es el mejor argumento en contra del desquiciado venezolano. Quien vea y escuche esas groseras ofensas sólo puede pensar que está ante un matón de quinta categoría al que urgentemente hay que colocarle una camisa de fuerza.

Pero hay algo más que locura y violencia verbal.

El espionaje venezolano está interesado en el funcionamiento de los cuarteles del país vecino: mientras se desarrollaba este grotesco episodio, la revista Cambio de Bogotá revelaba que la inteligencia colombiana había descubierto la intensa penetración del aparato subversivo chavista en las instituciones militares nacionales, incluida la deserción del coronel Carlos Alberto García, quien se habría pasado a Venezuela con importantísimas informaciones sobre las operaciones secretas de la lucha antiterrorista.


Simultáneamente, El Nuevo Herald, en un artículo firmado por Gonzalo Guillén, contaba cómo millares de balas compradas o producidas para las fuerzas armadas de Venezuela habían ido a parar a manos de las narcoguerrillas comunistas de las FARC y del ELN, dos organizaciones calificadas como terroristas por la Unión Europea y por cualquier persona que no tenga las entendedoras atontadas por el fanatismo ideológico.

Parece evidente, pues, que los dos países, como resultado de las injerencias de Hugo Chávez, van camino de una confrontación, lo que no quiere decir que el conflicto evolucionará hacia una guerra abierta y declarada.

Sin embargo, inevitablemente todo el hemisferio se verá obligado a tomar posiciones.
Estados Unidos y Canadá, que son dos democracias maduras a las que el venezolano no tiene forma de amedrentar, apoyarán a Colombia y a su presidente Uribe, que hoy cuenta con el 80% del respaldo popular en su patria de acuerdo con una encuesta reciente de Gallup.

El México de Felipe Calderón, empeñado en apaciguar a la izquierda doméstica y acosado por su lucha contra el narcotráfico, ha vuelto a refugiarse en la indiferente hipocresía de la doctrina Estrada –no injerencia en los asuntos internos de otra nación aunque se violen todos los derechos humanos– y ha optado por una diplomacia vergonzante y blandengue, alejada de la que desplegaran Ernesto Zedillo y Vicente Fox, aunque bajo cuerda y en silencio intentará ayudar a los colombianos.
Los países centroamericanos y del Caribe tratarán de ignorar el problema (Panamá, Guatemala, Honduras, Belice, República Dominicana y los cayos e islas con bandera e himno regados por el Caribe) para no perder las ventajas de los acuerdos petroleros con Caracas, aun cuando sus secretas simpatías estén con Uribe. Las excepciones serán Costa Rica, cuyo presidente, don Oscar Arias, no teme colocarse paladinamente junto a quienes defienden la libertad y la democracia, y El Salvador, donde Tony Saca no se oculta para denunciar la complicidad creciente entre la oposición del Frente Farabundo Martí y las redes subversivas bolivarianas. La Nicaragua de Daniel Ortega, sin embargo, con la oposición de la mayoría parlamentaria, se colocará francamente en el campo chavista. Para Daniel Ortega, las narcoguerrillas terroristas de las FARC y del ELN son sus hermanas ideológicas y Hugo Chávez el nuevo adalid revolucionario.

La región andina es otro cantar. Rafael Correa, el presidente ecuatoriano, es profundamente antiuribista y ya su cancillería comenzó a jugar maquiavélicamente con el lenguaje diplomático. Para Correa, quien no considera a Fidel Castro un dictador, mientras sostiene que Chávez es el único presidente latinoamericano al que le ha oído decir cosas inteligentes, de manera muy coherente con esa retorcida manera de percibir la realidad opina que las FARC de los secuestros, los asesinatos y el narcotráfico no son fuerzas terroristas, sino irregulares. Alan García, en cambio, que siente un profundo desprecio intelectual por Chávez, y que tiene en su casa peruana al chavista Humala haciendo de las suyas y dirigiendo a una buena parte de la oposición, respaldará sin miedo a Uribe.

En el sur, Chile es el único país que decidida aunque discretamente se colocará junto a Colombia. La Argentina de la señora Kirchner, comprometida con los maletazos llenos de petrodólares, el Brasil de Lula da Silva –demócrata y prudente dentro de sus fronteras, pero irresponsable y prodictadura en el exterior–, la Bolivia de Evo Morales (discípulo amado de Hugo Chávez), el Uruguay de Tabaré Vázquez, con cierta repugnancia antropológica, pero atado al lenguaje de la izquierda, militarán de una u otra manera en el bando de Chávez. Paraguay, que pesa poco en el terreno internacional, no entrará en la contienda, aunque la mayoría colorada no tiene la menor simpatía por el venezolano.

Con este panorama, el otoño próximo va ser para alquilar balcones. Este año la Cumbre Iberoamericana será en El Salvador y todos los protagonistas de la presente trifulca se sentarán en la misma mesa. Tal vez el rey Juan Carlos deba modificar sus instrucciones a Hugo Chávez. En vez del legendario ”¿Por qué no te callas?” lo más sensato acaso sea decirle: “Hable, presidente, para que se hunda. Hable mucho”.

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domingo, 6 de enero de 2008

Resurrección y muerte de la democracia venezolana

Carlos Alberto Montaner. El Nuevo Herald

Hace exactamente medio siglo el dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez escapó precipitadamente al extranjero. Lo derrocaron otros militares tras varias semanas de disturbios populares. El episodio no era sorprendente. La historia política de Venezuela, hasta ese momento, había sido una lamentable sucesión de liderazgos violentos impuestos a punta de pistola. El país, aunque nominalmente era una república, no había conseguido organizar la transmisión de la autoridad civilizadamente y con arreglo a la ley. No mandaban los ciudadanos, como se supone que ocurre en las repúblicas, sino los espadones. No obstante, gracias a los ingresos petroleros, había logrado prosperar progresivamente hasta colocarse entre las seis naciones más ricas de América Latina.

A partir de 1958, y por las próximos cuatro décadas, ocurrió un milagro. Los venezolanos lograron cambiar pacíficamente a sus gobernantes cada cinco años, recurriendo a elecciones razonablemente honradas en las que se alternaron en el poder dos partidos, uno socialdemócrata y otro democristiano. En ese periodo, además, la población –mitad rural, mitad urbana al comienzo de la etapa democrática– pasó de 7 a 23 millones de personas, de las cuales, al final, el 86% ya vivía en ciudades generalmente dotadas de electricidad, teléfono, agua potable, alcantarillado, calles pavimentadas, escuelas, polideportivos y asistencia médica.

En 1999, cuando el presidente Chávez comienza a gobernar, 87 de cada cien hogares posee televisión en color, y el número de teléfonos per cápita es mayor que en Brasil o México. Simultáneamente, el analfabetismo sólo alcanzaba al 9% del censo, proliferan las universidades públicas y privadas, hay millones de niños en las escuelas, y el promedio de vida alcanzaba los 73 años. En ese momento, en el país existían amplios sectores sociales medios, y Caracas, llena de impresionantes edificios, contaba con el mejor museo de Arte Contemporáneo de toda América Latina, el que fundara Sofía Imber, y exhibía una notable muestra de artistas plásticos de rango internacional.


Había, naturalmente, grandes problemas, pero existía en Venezuela un gran indicador que demostraba su relativo éxito: los venezolanos apenas emigraban, mientras centenares de miles de colombianos, españoles, portugueses e italianos se trasladaban hacia ese territorio en busca de unas oportunidades que no encontraban en sus respectivas naciones, o, como sucedía con los cubanos, chilenos y argentinos, en procura de la libertad que no existía en sus tiranizados países. Hoy, desgraciadamente, el signo del éxodo se ha invertido. Decenas de miles de venezolanos, muchos de ellos estupendamente instruidos, huyen hacia otros climas sociales y económicos menos disparatados en los que puedan ser libres y ganarse el pan decentemente.

¿Qué ocurrió en Venezuela en esos 40 años –con todos sus defectos, las mejores cuatro décadas consecutivas de toda su historia–, y por qué el país se entregó irresponsablemente en las manos de un charlatán de feria como Hugo Chávez? La mejor respuesta que conozco está en un libro reciente de Ramón Guillermo Aveledo, profesor universitario, escritor y ex presidente de la Cámara de Diputados. Se titula La cuarta república: la virtud y el pecado, editado en Caracas, y en sus 300 páginas describe con absoluta objetividad “los aciertos y los errores de los años en que los civiles estuvieron en el poder en Venezuela”.

¿Por qué el 62% de los venezolanos, según las encuestas de la época, apoyó el sangriento intento de golpe militar de 1992, cuando Hugo Chávez trató de acabar a tiros con el gobierno legítimo de Carlos Andrés Pérez? Aveledo no responde esa pregunta, pero coloca todas las cartas sobre la mesa para que el lector saque sus propias conclusiones. El fue un político sin tacha, totalmente consagrado al servicio público, pero sabe que la corrupción, la impunidad, el clientelismo y los desastres económicos (muchos de ellos consecuencias de los errores traídos por el keynesianismo, las recetas de la CEPAL y la teoría de la dependencia), fueron alejando a los venezolanos de la clase política que los gobernaba, hasta provocar que se arrojaran en brazos de un aventurero ignorante, con la esperanza de que solucionara rápidamente los males que aquejaban al país.

La lección que se deduce de la experiencia venezolana es bastante sencilla. La frágil estructura republicana, con sus tres poderes independientes, autoridad limitada, rendición de cuentas y elecciones periódicas y plurales, sólo puede subsistir si toda la sociedad, y en primer lugar los políticos que la administran, se colocan humildemente bajo la autoridad de la ley. Simultáneamente, el conjunto de la población, además de percibir que las reglas son equitativas y todos se someten a ellas, tiene que ver el futuro con cierta ilusión. Tiene que creer, racionalmente, que el sistema le va a permitir mejorar su calidad de vida paulatinamente. Parece que eso falló en Venezuela. Pero no es verdad que se perdieron los cuarenta años de democracia. El verdadero desastre es lo que vino después.

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